Lunes 22 de Abril de 2019

El urbanismo mexicano ha tenido muchas caras a lo largo de su historia, el porfiriato fue una de ellas, durante esa etapa se embelleció la Ciudad de México

 

Joel Martínez

Con Porfirio Díaz como presidente, México entró a la modernidad, pero muy caro iba a pagar ese boleto y su pueblo tuvo que costear los deseos del gobernante. De esta forma, se comenzaron a mejorar los caminos y los puertos del país; mientras tanto, el ferrocarril hizo su entrada triunfal, al igual que muchos extranjeros que vinieron a invertir en esta recuperada nación, logrando que los ricos se hicieran más poderosos, mientras los pobres, ¡pues más pobres!

La arquitectura en la Ciudad de México durante dicha época (1876-1911) fue el reflejo de tres décadas de modernidad, con una gran influencia europea y estilos marcados desde el romanticismo hasta el modernismo; por lo prolongado de ese periodo no existe un sistema arquitectónico único, por lo que se puede afirmar que predominó la tendencia de mezclar elementos de diferentes estilos y épocas (eclecticismo).

El paisaje urbano mexicano apareció con firmeza para ubicarse en el mapa mundial arquitectónico. El presidente Porfirio Díaz miraba a los países europeos, en especial a Francia como modelos de innovación tecnológica, por lo que, apoyándose en arquitectos del viejo continente como Emile Bernard, Adamo Boari, Maxime Roisin, Silvio Contri, Ernest Brunel y Luis Long, principalmente, dio una nueva imagen a la capital mexicana, ya que esos personajes construyeron los edificios más emblemáticos de la época que cambiaron e l panorama de la Ciudad de México.



Fue hasta la tercera década del porfiriato cuando se incrementó la actividad constructiva; fueron evidentes los cambios en la capital y en varios estados de la República Mexicana. Se creó la infraestructura necesaria, principalmente para la burguesía; emergieron en las ciudades palacios de gobierno, teatros, templos, plazas, quioscos, monumentos, cafés, restaurantes y lujosas casas. Grandes piedras de mármol, granito, bronce, vidrio y cantera, traídas del viejo continente dieron forma a hermosas construcciones, manifestando así la bonanza del periodo.

Debido al intenso ingreso de extranjeros al país, se construyó un gran número de colonias y viviendas para albergarlos, estas pequeñas urbes de magnífica vista contrastaban con los barrios bajos donde predominaba la pobreza y la miseria. Mientras la clase alta, que era minoría, gozaba los beneficios del México moderno, el resto del país entraba en crisis, existía una marcada inconformidad por parte del pueblo, el campo estaba olvidado y la vivienda de las clases bajas en decadencia.

Con la Revolución Mexicana en puerta, el desarrollo de arquitectura se detuvo y también el avance del urbanismo, dejando inconclusos grandes proyectos arquitectónicos. Los arquitectos de la Ciudad de México, influidos por el nuevo proyecto de reconstrucción nacional, hicieron lo mismo que en su momento el presidente Díaz realizó: destruir las obras barrocas de la Colonia por considerarlas obsoletas, viejas, inservibles y sin ningún rasgo de identidad nacional.

Sin duda se debe reconocer el enorme trabajo que Díaz hizo en el país, que después de las guerras de Independencia, con Estados Unidos, en la que perdió la mitad de su territorio, y la sostenida con Francia, que a la postre impuso un imperio, dejaron a México en la ruina total; durante esos años todas las actividades, entre ellas la constructiva, se detuvieron, aun así la nación seguía con vida, pero con la llegada de Porfirio Díaz, para bien o para mal, dejó de lado todo ese panorama desolador y comenzó a cambiar.

La ciudad de México como capital del país, fue la más beneficiada y se revistió de un bello y nuevo ropaje importado del viejo continente, en especial de Francia, pueblo admirado por su “alteza serenísima” Díaz.

Algunas de las majestuosas construcciones de esa época son el Palacio Postal, el Palacio de Bellas Artes, el templo de Nuestra Señora de Guadalupe, la unidad de departamentos El Buen Tono, el templo expiatorio de San Felipe de Jesús, el adoratorio de La Sagrada Familia en la colonia Roma, el inconcluso Palacio Legislativo (Monumento a la Revolución), la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas (MUNAL), la penitenciaría de Lecumberri (Archivo de la Nación), el Hospital General, el hospital psiquiátrico La Castañeda, el cementerio de San Fernando, Antigua Escuela Normal del Distrito Federal (Colegio Militar de Popotla), Museo de Geología Nacional y el Antiguo Museo de Historia Natural (Museo del Chopo) y Instituto Médico Nacional son sólo algunos edificios construidos en esa época y que aún conservan su belleza arquitectónica.