Jueves 6 de Agosto de 2020

 

Jesús González

Fui concebida no por orden divino sino por mandato presidencial, así es, el entonces presidente de México Porfirio Díaz pidió al arquitecto Antonio Rivas Mercado y al escultor italiano Enrique Alciate me dieran forma en una columna, y yo, la Victoria Alada, quedé en lo más alto para desde ahí observar, por 106 años, el ajetreo de los habitantes de esta Ciudad de México.

Los ojos de los mexicanos me vieron por primera vez el 16 septiembre de 1910, fecha en la que festejaron el centenario de su independencia de España; fui colocada en la calzada más bella de la capital del país: El Paseo de la Reforma, por ello me vistieron de oro y me dotaron de finos ornamentos pétreos, ejemplos de la plástica francesa que gustaba tanto al presidente mexicano.

Pero vayamos por partes, cuento con una base en donde a mis pies se encuentran mis eternos y honorables vecinos hechos en un majestuoso conjunto escultórico: una escultura en bronce de un león con un niño representa la frase “fuerte en la guerra, dócil en la paz”; en ese mismo plano, pero en cada esquina hay figuras de bronce que simbolizan la Ley, la Justicia, la Guerra y la Paz.

Un poco más arriba se encuentra la Apoteosis del Padre de la Patria, sí, el cura Miguel Hidalgo y Costilla, a él le acompañan dos figuras femeninas que representan la historia sosteniendo un libro y la Patria entregando un laurel de victoria, así como nuestros héroes José María Morelos y Pavón, Francisco Xavier Mina, Vicente Guerrero y Nicolás Bravo, todos ellos hechos de mármol de Carrara, que para mí es como si estuvieran vestidos de impecable blanco. También se encuentra aquí una placa de mármol blanco con la leyenda “La Nación a los Héroes de la Independencia”.

El ingenio de mis constructores quedó plasmado en una bella columna de acero cubierta de cantera de chiluca, que mide 36 metro y está adornada de anillos y guirnaldas donde los nombres de los héroes que nos dieron libertad quedaron grabados para la eternidad: Hermenegildo Galeana, Mariano Matamoros, Guadalupe Victoria, Manuel Mier y Terán, Agustín de Iturbide, Juan Aldama, Ignacio Allende e Ignacio López Rayón.

Recuerdo que en 1928, el Mausaleo que se encuentra en mi base recibió los restos de nuestros héroes de la Independencia: Juan Aldama, Ignacio Allende, Nicolás Bravo, Vicente Guerrero, Miguel Hidalgo y Costilla, José Mariano Jiménez, Mariano Matamoros, Francisco Javier Mina, José María Morelos y Pavón, Andrés Quintana Roo, Leona Vicario y Guadalupe Victoria, quienes desde entonces son cobijados por mis alas.

Para 1929, el entonces presidente de México Emilio Portes Gil mandó a incrustar la lámpara Votiva o flama eterna, en honor a los héroes de la Guerra de Independencia, ésta se encuentra en la base de la columna, del lado contrario al conjunto escultórico, ya mencionado.

Y sobre un bello capitel que remata la columna, me encuentro yo, la Victoria Alada, una hermosa estatua de bronce con revestimiento de pan de oro, con un peso de 7 toneladas y 6.7 metros de altura; en mi mano derecha sostengo una corona de laurel para honrar a cada héroe y en la izquierda una cadena rota, símbolo de la libertad.

Pues ésta soy yo, un monumento nacional, un ícono de identidad, título que me he ganado a pulso; soy un referente para el que vive en esta ciudad y para los que vienen del interior del país y también del extranjero; durante más de cien años he visto los avances de este país, así como las alegrías, enojos y tristezas de mis amigos, los mexicanos.

He soportado vientos, lluvias, fuertes terremotos… Bueno el sismo de 1957 me hizo bajar de mi pedestal. Recuerdo como ese 28 de julio caí al suelo y ni mis alas me pudieron ayudar, ya que me agarro de sorpresa, tuve muchas fracturas, pero el escultor José Fernández Urbina se encargó de embellecerme de nuevo. ¡Más de un año tardó esa manita de gato! Pero quedé como nueva y el 16 de septiembre de 1958, para alegría de mis paisanos, volví a mi hogar.

En 1985 vi con horror como otro sismo sacudió la Ciudad de México, muchos edificios se dañaron, otros se derrumbaron; lo más terrible fue saber cómo niños, mujeres, hombres y personas de la tercera edad fallecieron, perdieron sus casas o familiares; fue terrible, la ciudad se oscureció, se entristeció; ese recuerdo siempre lo tengo presente, pero también con alegría vi como mi gente salió adelante, se ayudaron unos a otros, esa solidaridad hizo que esta capital volviera a levantarse. ¿Yo? Sufrí daños menores y aquí estoy, de pie, con mis más de cien años encima.

Hoy quiero agradecerte por todos los momentos que hemos vivido juntos: te veo todos los días y tus visitas siempre me hacen feliz; he aparecido en miles de fotos para revistas, periódicos, telenovelas, películas, pero las fotografías que me hacen más feliz son aquellas que te tomas conmigo con tu celular o tus cámaras. Gracias por dejarme ser parte de tu historia, de tu país, de tu ciudad, de tus leyendas urbanas.

La Victoria Alada


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