Martes 15 de Octubre de 2019

 

Jesús González

Con este movimiento, edificios públicos de la Ciudad de México y otros estados del país se revistieron con una nueva piel, la cual mostraba el punto de vista de sus autores, quienes criticaban lo que acontecía en el momento; a través de esta manifestación también se educaba al pueblo: se le mostraba su cultura, su pasado, su historia.

Para explicar este movimiento, la socióloga Florina González Camarillo, catedrática de la FES Aragón de la UNAM, sostiene que “a partir de 1920, México tenía una tarea muy difícil, la cual le tocó al gobierno de Álvaro Obregón, ésta consistía en homogeneizar las políticas del desarrollo nacional encaminadas a satisfacer las demandas de la población, por el alto grado de desigualdad cultural, económica y social, pero el Estado que representaba Obregón carecía de un ideario o de un programa revolucionario que pudiese llevar a la concreción este planteamiento”.

“Por lo que cuando Obregón obtuvo la presidencia, integró en su gabinete a intelectuales de gran renombre, entre ellos José Vasconcelos, quien planteó los programas de justicia social y cultural más importantes emanados de la Revolución mexicana”.

De acuerdo con la universitaria “Vasconcelos proyectó un plan educativo cuyo objetivo prioritario fue el nacimiento de una nueva civilización, que a través del mestizaje podía dar luz al espíritu más alto, para llevar a la concreción los valores de la condición humana; es por ello que le otorgó gran importancia a la educación, misma que no se quedó en el proyecto, pues la llevó a la práctica al crear el programa educativo nacional más relevante de los años veinte, donde alumnos de la Universidad Nacional participaron al salir a las calles a combatir el analfabetismo y enseñar a leer, así como a escribir al pueblo mexicano.

El otro camino que se derivó de la revolución cultural vasconceliana fue el movimiento conocido como muralismo mexicano, que es una de las contribuciones más importantes de México a las bellas artes del mundo; se le bautizó con este nombre porque fueron precisamente en los muros y fachadas de los edificios donde se plasmaron las pinturas con una fuerte crítica a la situación social, política, económica, educativa y cultural que vivía el país.

Para la especialista en temas de educación y sociedad, Florina González, todo lo que ocurre en una colectividad se refleja en las bellas artes, por ello, la pintura de este movimiento manifiesta en gran medida los temas y los problemas de su tiempo, que tuvo su origen en los preceptos de la Revolución de 1910, contienda que despertó la conciencia mexicana y, con esto, se dieron los momentos propicios para que el muralismo surgiera.
Los principales exponentes de este movimiento fueron Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, quienes estuvieron fuertemente apoyados por José Vasconcelos para que plasmaran sus obras en varios edificios públicos, donde la gente pudo apreciar las expresiones de crítica a la situación por la que pasaba la nación mexicana.

La profesora universitaria describe a estos pintores que dejaron una honda huella en el ámbito artístico mexicano e internacional, y comienza con Diego Rivera que para ella “es el más importante porque logró una síntesis original de las diversas escuelas pictóricas de su tiempo (naturalismo, abstraccionismo y sensualismo).

Con sus obras Diego dio una cultura al pueblo, con la cual pretendió educar a las masas; a través de ellas, defendió la justicia social, por ello plasmó trabajo, fiestas y un sinfín de costumbres de los mexicanos, y por supuesto, no podía dejar a un lado todo lo referente a la Revolución mexicana, en cuyos murales sobre este tema se pueden observar los distintos aspectos del México anterior a este movimiento bélico y del resultado emanado de él, explica González Camarillo.

“José Clemente Orozco, pintor jalisciense, se enfocó a representar al ser humano en variadas circunstancias: en el pasado, en el presente e incluso en el futuro. Su tema principal era hablar del hombre mesoamericano y particularmente del individuo surgido del movimiento revolucionario”.

En opinión de la académica, “en las obras de este muralista predomina la temática filosófica, que se observa en los murales que plasmó en la Escuela Nacional Preparatoria; también se interesó por la reflexión crítica-religiosa e inclusive de tipo cultural, lo anterior se aprecia en la obra a la que denominó Cristo destruye su cruz, al mismo tiempo maneja la metáfora, donde expresa la nueva conciencia con la que el hombre se lanza a realizar la revolución; por lo tanto, con metáforas, signos y símbolos que representan la cultura nacional, planteó la realidad humana que siempre está en movimiento y es consecuencia de la renovación constante.

Por último -añade la catedrática González Camarillo-, “David Alfaro Siqueiros es un caso muy particular de este movimiento, porque es considerado uno de los ideólogos más importantes del arte y de la política posrevolucionaria. Es considerado por los especialistas como un pintor idealista, debido a que siempre estuvo a favor de la justicia social; pugnó por la libertad y fue un activo soldado de las causas de tipo social, esto se refleja en toda su extensa obra muralista”.

“Sus temas expresan una intención de enterrar el pasado, al mismo tiempo que se busca un mejor futuro que luche por la justicia social; él siempre procuró el vínculo con el trabajador, por lo que condenó la explotación del obrero, características del capitalismo que en aquella época imperaba en México”.

El trabajo de estos muralistas y de otros que vinieron después se reflejó en la actividad constructiva de la Ciudad de México, donde los gobiernos posrevolucionarios se abocaron, en las primeras tres décadas del siglo XX, al desarrollo del denominado estilo neocolonial, que muestra el intento por rescatar nuestro legado cultural para crear una identidad propia en la era moderna, que sólo se podría alcanzar, de acuerdo con Diego Rivera, con el amor a la cultura tanto antigua como a la generada durante la Colonia, para así crear una identidad propia que se refleje en todos los aspectos de la vida de los mexicanos”, concluye Florina González Camarillo.